
El despertador se había convertido en un sapo de considerable tamaño. -"Croak. croak"- pude escuchar junto a la almohada. Era un sonido odioso que no paraba de crecer y reverberar en la habitación. Tenía los ojos azules y me miraba fijamente sin dejar de emitir aquel ruido molesto. Observé las rendrijas de la persiana que señalaban el comienzo del día. De nuevo aquel horrendo "croak" recorría las paredes de la estancia hasta terminar en mi cabeza. Aquel sapo viscoso permanecía impasible mientras se acercaba despacio hacia mí. De un salto dejé la cama y salí de mi cuarto. El suelo estaba frío y sentía todavía repulsión por aquel animal asqueroso. Me acerqué a la cocina para coger la escoba y matar aquella sabandija, pero no pude encontrarla. Habían desaparecido los objetos de la casa, los utensilios de cocina, la decoración: todo. Poco a poco el mobiliario del piso se iba desvaneciendo lentamente. El sofá se había evaporado, los armarios, el televisor...no había nada más que vacío en la casa. Asustada, miré por la ventana para ver si ocurría algo similar en la calle, pero aquello era más asombroso todavía. Todas las cosas que desaparecían de las viviendas de la gente estaban surgiendo por arte de magia en el exterior. Los árboles habían mutado y sus copas estaban repletas de tijeras y ovillos de lana. Las aceras de la calle eran adoquines construídos con marcos de fotografías y podían distinguirse imágenes de personas abrazándose en fiestas, primeras comuniones, bodas y algún que otro paisaje de las últimas vacaciones en el suelo. Los coches estaban hechos con armarios y pelotas de fútbol y las nubes se habían convertido en un amasijo de periódicos, revistas y juguetes rotos. Todo aquello era un caos. También había siluetas de personas dibujadas en las paredes de los edificios simulando el paso de la gente por la vía pública. Aquella ciudad, sin embargo, estaba deshabitada. Sólo quedaban aquellas líneas blancas que señalaban la ausencia de una figura humana. Eran marcas como las que hace la policía cuando se ha cometido un asesinato y queda anotado en el suelo la última posición de la víctima. De repente comenzó a escucharse el sonido de todos los aparatos electrónicos que se estaban amontonando en el exterior: radios, televisores, videoconsolas, ordenadores...Ya no se podía oir ningún pájaro; habían sido sustituidos por teléfonos y mini-cadenas voladoras. Podían distinguirse en el horizonte artilugios electrónicos con alas campando alegremente con sus estridentes graznidos. Percibía voces de presentadores de algún programa matinal, politonos a todo volumen y batidoras enfurecidas surcando el cielo. Aquello parecía un concierto mal orquestado, repleto de notas disonantes, de voces rotas que se escuchaban entre toda aquella basura electrónica depositada en el exterior. Quise salir de mi piso y recoger algunos objetos de la calle, pero la puerta estaba cerrada. Sentí una angustia terrible y pude notar cómo la sangre subió de golpe a mi cabeza y quedé sin aire. Noté en el pecho una especie de latigazo que me impedía moverme y mis rodillas parecía que fueran a quebrarse en algún momento. Me puse la mano en el torax como si pudiese solucionar algo con ello. Después, esperé varios minutos con la intención de calmarme mientras mi cabeza seguía un camino que me era imposible de controlar. Sin más, caí al suelo, tumbada y agonizando. Lo último que recuerdo de mi muerte es aquella estancia vacía mientras el sapo viscoso de ojos azules se acercaba lentamente hacia mí, saltando despacio y emitiendo aquel sonido asqueroso.
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